Ver más allá de la superficie

Hace 4 años, en una de las rotaciones en las que acompañé a los estudiantes de medicina de la Universidad de Antioquia, tuve la oportunidad de ver una paciente con graves complicaciones hepáticas. En medio de aquella práctica, les solicité a los estudiantes un análisis clínico tratando de precisar las causas fisiopatológicas de la alteración que tratábamos de comprender.

Luego de conversar durante un tiempo acerca de las alteraciones biológicas que daban cuenta de la alteración de nuestra paciente, pregunté: "¿cuál es la raíz de la enfermedad en este caso?". Uno de los estudiantes respondió: "La pérdida del sentido de vida llevó a la paciente a una depresión que provocó un consumo excesivo de alcohol y esto a su vez la condujo a una cirrosis hepática"

Me quedé sorprendido con la respuesta de mis estudiantes. Posiblemente algunos de ellos ya conocían que las enfermedades no son solamente fruto de eventos fisiopatológicos, sino que en su génesis están implicados los denominados "determinantes sociales". Según la organización Mundial de la Salud estos son "la circunstancias en que las personas nacen, crecen, trabajan y envejecen, incluido el sistema de salud". En este sentido, las condiciones higiénicas, nutricionales y la pobreza influyen decisivamente en la génesis y evolución de las enfermedades.

Pero más allá de los determinantes sociales está la dimensión trascendental del ser humano y su espiritualidad. Si estos aspectos del sentido de vida (como ya lo hemos mencionado en otras ocasiones) no están firmes, surgirán las condiciones para que se generen dolencias crónicas que terminan arrebatando la vida de nuestros pacientes y que pueden empeorar incluso con situaciones sociales adversas. Así que podríamos agregar que la enfermedad no depende solo de sus aspectos biológicos, sino también de una intrincada relación entre determinantes sociales y sentido de vida de la persona.

En esta oportunidad, mi invitación es comprender la enfermedad no sólo como un conjunto de alteraciones biológicas, psicológicas o incluso sociales; desarrollemos la capacidad de ver más allá de lo obvio, lo material y lo evidente. No nos quedemos en la "punta del iceberg": profundicemos también en la parte sumergida que a menudo es el origen de los trastornos que vemos día a día.

De una mirada más profunda del clínico o de aquél que se relaciona día a día con los pacientes, depende muchas veces el éxito de las intervenciones y los tratamientos que propongamos. Recuerde: la pérdida del sentido de la existencia es la más grave de las dolencias que puede aquejar a un ser humano.

 Julián H. Ramírez Urrea

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